Entrevistas

De la condena a la búsqueda de la verdad: la lucha por liberar a personas inocentes

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Con más de 35 años de experiencia en defensa penal, como profesor, como fundador del California Innocence Project y como autor de You Might Go to Prison, Even Though You Are Innocent, Justin Brooks ha contribuido a liberar a decenas de personas inocentes y ha impulsado reformas en el sistema de justicia en los Estados Unidos.
Conversamos con él para comprender cómo se investiga una condena errada, cuáles son las consecuencias sociales de estos errores y por qué nadie está completamente a salvo de ser condenado siendo inocente.


IPA: ¿Qué caso te llevó a dedicarte a la defensa de personas inocentes y a fundar el California Innocence Project?
Justin Brooks: Cuando terminé la facultad de derecho, trabajé como abogado defensor en Washington, D.C. durante algunos años. Después pasé al ámbito académico: me convertí en profesor de derecho en Michigan.
Un día leí en el diario sobre una mujer llamada Marilyn Mulero, que tenía 21 años y había sido condenada a pena de muerte mediante un acuerdo de culpabilidad1. No tenía sentido para mí que alguien pudiera recibir la pena de muerte en un acuerdo de ese tipo.
Algo me impulsó a ir a conocerla. Así que manejé cientos de kilómetros hasta el pabellón de la muerte en Illinois y coordiné una visita. Me encontré con una mujer joven, muy confundida, que no entendía bien qué le había pasado ni qué estaba ocurriendo. Y me dijo que era inocente.
Volví a la facultad donde enseñaba y les conté la historia a mis estudiantes. Les dije: “hay una joven en el corredor de la muerte que dice ser inocente. ¿Quién quiere ayudarme con este caso?” Cuatro estudiantes levantaron la mano. Esa misma noche vinieron a mi casa, nos sentamos alrededor de la mesa de la cocina y empezamos a trabajar.
Esa noche, para mí, nació Innocence Project.


IPA: ¿De dónde surgió tu interés inicial por el caso de Marilyn Mulero? ¿Fue una intuición o detectaste algún indicio concreto de una condena errada?
JB: Cuando vi el caso no sabía si era inocente. Como en todos los casos, uno no lo sabe hasta investigarlo. Pero me parecía terrible que esta joven nunca hubiera tenido un juicio ni un proceso real. Solo había tenido un abogado que cerró un acuerdo, y era el peor acuerdo que yo había escuchado: declararse culpable y recibir la pena de muerte. Eso implica no tener juicio, renunciar a muchas instancias de apelación e ir directamente al corredor de la muerte. Me impactó muchísimo.
Después me impactó aún más cuando confirmé que era inocente. Y eso no tardó mucho. Esa misma semana llevé a mis estudiantes a Chicago, donde ocurrió el tiroteo. Estuve en el parque desde donde una testigo decía haber visto a mi clienta disparar. Era imposible que la hubiera visto. Estaba a unos 120 metros de distancia. Yo estaba allí en un día claro y soleado. El tiroteo había ocurrido frente a un baño público y yo ni siquiera podía ver el edificio en el que estaba ese baño. Esa testigo mentía. Un mes después de tomar el caso la encontramos y admitió que era la novia de la víctima. Es decir, la persona que casualmente había visto el crimen era, en realidad, la pareja de la persona asesinada. A partir de ahí, el caso empezó a desarmarse y finalmente encontramos pruebas de la inocencia de Marilyn Mulero.

IPA: ¿Pensaste que el caso te iba a llevar tantos años?JB: La verdad es que no pensé nada en particular cuando tomé el caso. Y es curioso cuando uno mira hacia atrás e intenta conectar los puntos, para entender las decisiones que tomó y sus razones. Y la verdad es que no lo tengo del todo claro. Sabía que era un trabajo muy difícil, especialmente siendo un caso de pena de muerte con un acuerdo de culpabilidad.
Yo tenía 29 años, poca experiencia. Llevaba apenas unos años como abogado y, de repente, estaba en medio de un caso de doble homicidio, con una persona que enfrentaba la pena de muerte.
Creo que lo decisivo fue que no había nadie más. Esa es la tragedia de estos casos: cuando llegan a nosotros, todo el mundo ya se rindió, no quedan abogados. Somos, de algún modo, la última instancia.

Eso puso muchísima presión sobre mí y sobre mi vida. Iba y venía a Chicago todo el tiempo, eran cientos de kilómetros. Tenía hijos chicos, una esposa, un trabajo al que no le estaba dedicando tanto como probablemente debería haberle dedicado. Los casos de pena de muerte son fundamentalmente distintos y eso es difícil de entender porque en la mayor parte del mundo civilizado no existen. Cuando tenés un caso de pena de muerte, hay un reloj que está corriendo. Es una presión enorme.
Tal vez simplemente yo era joven y no sabía lo suficiente como para darme cuenta de que no debería estar haciéndolo y probablemente por eso lo hice.

IPA: El caso de Marilyn Mulero marcó un cambio en la forma de investigar desde la defensa. ¿Podés hablar sobre ese enfoque más activo?
JB: Lo que distingue nuestro trabajo es que la mayor parte no es jurídica, sino investigativa. En cada caso nos hacemos dos preguntas: ¿creemos que esta persona es inocente? y ¿podemos probarlo? Probar la inocencia no tiene que ver con argumentos legales complejos, sino con hechos. Se trata de reunir evidencia suficiente. Por eso todo gira en torno a la investigación.
Desde hace más de 30 años entreno a mis estudiantes en cómo investigar delitos. Los convierto en investigadores. Durante muchos años empezaba cada ciclo lectivo llevándolos al desierto durante tres días intensivos, donde les enseñaba a analizar escenas del crimen, leer autopsias, entrevistar testigos y desarrollar habilidades básicas de investigación, como un buen periodista o un buen abogado.
Ese es el núcleo de nuestro trabajo. Una vez que tenemos evidencia de inocencia, ahí sí entran las habilidades jurídicas: ir a tribunales, argumentar, manejar los procedimientos. Pero lo central es investigar. Los buenos abogados investigan, van a la escena del crimen y muchas veces descubren que lo que figura en los informes policiales simplemente no puede ser cierto.
Lo que hacemos es deconstruir los casos: leer transcripciones, hablar con testigos, con los clientes y volver al inicio como si el caso fuera nuevo, mirarlo con ojos frescos.
Es como en cualquier aspecto de la vida: necesitás que otra persona revise el trabajo que ya se hizo. Y muchas veces encontramos que ese trabajo no fue bueno, que se cometieron errores. O, a veces, como en el caso Mulero, tenemos a un policía que la incriminó intencionalmente así como a muchas otras personas.
Ser abogado no es una actividad puramente académica. Requiere habilidades. Y así como un plomero no puede aprender a ser un buen plomero leyendo un libro, sino que tiene que usar una llave y saber exactamente cuánto ajustar una cañería, lo mismo pasa con el derecho. Es una habilidad. Y por eso entreno a mis estudiantes de derecho para que entiendan esas habilidades.

IPA: En otra entrevista dijiste que “las condenas erradas no son conceptos: hay personas, familias y vidas detrás”. ¿Cuál es el impacto social de estas condenas?
JB: La gente está tan obsesionada con las series y películas policiales que todo parece no ser real. Es solo ficción. Y cuando escuchás sobre condenas erróneas, queda como una noción abstracta. “Pero no me impacta a mí, ni a mi familia o mis amigos. No toca mi vida”. Y entonces a la gente no le importa tanto, porque las personas se preocupan por lo que las afecta directamente. Estamos hechos así. Sabemos que hay muchas cosas terribles pasando y no podemos estar pensando en todas al mismo tiempo.
Sin embargo, una condena errónea tiene un impacto enorme en muchísima gente. Una condena errónea tiene un impacto enorme: en la persona que va presa, en la víctima —que no obtiene justicia—, en la persona que realmente cometió el delito y queda libre y en todas las familias involucradas. Es un círculo de dolor en el que yo he estado durante décadas al estar cerca de esas personas y ver esas vidas que quedan arruinadas.
Como tantas cosas en la vida, es un concepto hasta que se vuelve real.
Pasa con el cáncer o con esto: no se le presta suficiente atención hasta que toca de cerca.

IPA: Elegiste un título muy directo para tu libro…
JB: Sí. El libro se llama “Usted podría ir a prisión aun siendo inocente”. Usé “usted” porque quería transmitir eso: esto puede pasarte a vos. Hay que entenderlo antes de que ocurra. El sistema de justicia penal está diseñado para protegernos, lo financiamos, tenemos la responsabilidad de involucrarnos. Si funciona mal, hay que arreglarlo. Es un tema de todos.
Quiero que quien lea el libro piense que podría ser él o alguien de su familia. Aunque las personas pobres y las personas racializadas son encarceladas en mayor proporción, esto le puede pasar a cualquiera.
Cuento historias como la de Kimberly Long, una enfermera blanca de clase media en California, que vuelve a su casa, encuentra a su pareja asesinada y termina condenada solo porque habían discutido ese día. Ese tipo de historias ayudan a entender que le puede pasar a cualquiera.
He visto tantos casos de condenas erradas que incluso tengo un plan por si algún día termino en prisión, porque no puedo negar el hecho de que podría pasarme a mí. El primer día iría al patio, reuniría a los líderes de las pandillas y les diría: “voy a ser su abogado. Mantengan a esta gente lejos de mi y yo voy a estar en la biblioteca, trabajando en sus casos”. 
Lo tengo pensado hace años porque sé que puede pasar. Es como un rayo que cae y destruye vidas.

IPA: Sabemos que muchos casos son descartados. ¿Por qué ocurre esto?JB: Las organizaciones de inocencia reciben miles de solicitudes de personas desesperadas buscando ayuda. No hay recursos suficientes para todos los casos. Además, con los años uno aprende a identificar cuáles tienen posibilidades reales. Esa es la parte más difícil de mi trabajo: tener que rechazar casos de personas que podrían ser inocentes, pero cuya inocencia no se puede probar.
En el juicio, la fiscalía debe probar la culpabilidad. Después de la condena, nosotros debemos probar la inocencia. Y eso exige evidencia sólida, no solo señalar inconsistencias.
Muchas veces veo casos con identificaciones débiles, testigos poco confiables, policías cuestionables. Todo apunta a una condena errada. Pero sin pruebas, no se puede avanzar.
Por eso, en la mayoría de las exoneraciones, lo que ves es ciencia que demuestra la inocencia. Por eso el ADN cambió todo. El ADN es una herramienta científica tan poderosa que podés llegar a un tribunal y decir: “Sé que ustedes dijeron que fue esta persona, pero el ADN demuestra al 100% que no fue”. El uso de los análisis de ADN realmente cambió todo en los años 90.

IPA: Cuando pensás en tu trabajo con organizaciones de inocencia en California y América Latina, ¿cuál creés que es su legado más importante?
JB: Cuando fundé el California Innocence Project, hace 30 años, tenía tres objetivos: sacar de prisión a personas inocentes, formar a estudiantes de derecho para que sean grandes abogados y cambiar el sistema a través de reformas legislativas.
He tenido la suerte de poder lograr la liberación de 40 personas inocentes. Durante el tiempo en que dirigí el proyecto, también logramos cambiar más de 10 leyes en el sistema de justicia de California. Y ambas cosas me generan una gran satisfacción.
Ver a alguien salir de prisión es la parte del trabajo que más moviliza: es traer a alguien de vuelta a su familia. No hay sensación mejor que esa. Sé, a nivel racional, que el trabajo legislativo es muy importante, aunque no vea sus resultados directamente, porque está ayudando a otras personas y a otros abogados en otros casos.
Con los años, empezás a darte cuenta de que quizás el legado más importante de este trabajo son los estudiantes. Los exponés a algo a lo que, de otro modo, nunca habrían estado expuestos. Muchos de mis estudiantes terminan trabajando en grandes estudios jurídicos; son muy inteligentes, en su mayoría vienen de contextos muy privilegiados, de clase media o media alta, en general blancos. Y nunca habían tenido contacto con algo así.
Y ahora, después de 30 años, veo a mis exalumnos: tengo estudiantes que hoy son jueces, defensores, buenos fiscales que están ahí afuera haciendo justicia.
Entonces creo que ese es un legado enorme de nuestro trabajo: formar buenos abogados y multiplicar su impacto, especialmente considerando que hoy existen más de 100 organizaciones de inocencia.

IPA: En una entrevista dijiste “tengo demasiados casos en la cabeza y es abrumador”. ¿Cómo impacta psicológicamente este trabajo?
JB: Siempre entendí que el trauma secundario existe, pero tal vez, para mí, era más bien un concepto y no una realidad. Yo alentaba a mis abogados a hacer terapia, a tener una vida saludable, a hacer ejercicio, a no llevarse el trabajo a la casa, a hacer todo lo posible para cuidarse mentalmente, porque estás todo el tiempo con personas traumatizadas y lidiando con situaciones traumáticas.
Creo que incluso cuando decía eso, en el fondo de mi cabeza —medio ingenuamente— pensaba: “a mí no me va a afectar, yo estoy bien”. Pero igual tenía que decirles a estos jóvenes abogados: cuídense.
Y después de unos 30 años, empezó a afectarme de verdad. Me di cuenta de que ya no podía hacer las presentaciones de casos como antes, porque era escuchar constantemente a alguien contar otra historia terrible. Sentía que la cabeza ya no me daba más, como si no pudiera escuchar una historia más. Mi cerebro, para protegerse, empezaba a desconectarse. Empecé a notar que me costaba concentrarme.
Desde el punto de vista psicológico, este trabajo es duro. No podés ver miles de casos de homicidio, fotos de autopsias, escenas del crimen, y tratar todos los días con personas desesperadas que están peleando por su vida, y pensar que ese trauma no te va a afectar de alguna manera.
Entonces me tomé cerca de un año sin llevar ningún caso. Hace dos años fue la primera vez desde 1989 que no tenía un caso, y me dejó muy inquieto. Fue raro. No tenía a nadie de quien ocuparme más que de mí, de mi esposa y de mi familia. Y yo estaba tan acostumbrado a pensar que, si me iba de vacaciones, esas personas iban a pasar más tiempo en prisión porque yo no estaba trabajando. Eso no se va nunca.
Yo les digo a mis estudiantes: si quieren una vida en la que van a trabajar de 9 a 5 y después se van a su casa, no hagan esto. Si quieren una vida con momentos increíblemente altos, como devolverle la vida a alguien, pero que también va a tener momentos muy duros, entonces este es el trabajo para ustedes.

1 En Argentina existe una figura similar, el juicio abreviado, regulada en el Código Procesal Penal de la Nación. Permite al fiscal y al imputado acordar una pena para evitar el juicio oral. Requiere el acuerdo entre el fiscal, el imputado y su defensa, donde el imputado admite su participación en el hecho.